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La música del pasado

Daniel García García

La reunión de antiguos alumnos del curso de 1987 se ha convertido en una fructífera y emocionante costumbre, que cada diez años convierte a personas adultas en adolescentes por unas horas. El reencuentro entre el rebelde, la guapa, el empollón, la gótica, el excéntrico, además de los niños sombra – esos que siempre pasan desapercibidos, a pesar de que todo el mundo sabe que existen -, siempre ilumina el salón de actos del instituto con historias pasadas formando nubes imaginarias de alegría y nostalgia.
Ese fue el primer año en que vino Lucía Jiménez. Seguía tan preciosa como siempre, con el valor añadido de que ahora era una atractiva mujer para la que el paso de los años había sido muy agradecida con su físico, pero inversamente proporcional a su desgraciada vida personal, con un divorcio y varias relaciones tormentosas a sus espaldas. Por fortuna, de su novio de entonces, Alberto García, solo quedaba el nombre, porque una brillante calva apenas resaltaba gracias a su sobresaliente barriga.

Conseguí llamar su atención, gracias a que siempre fui un chico simpático de la clase, que ahora había ganado en experiencia y en atractivo. Nunca conseguí el beso, el abrazo, o el paseo romántico con el que soñé durante infinitas noches, pero ahora, viéndola de nuevo, pareció que nunca había pasado el tiempo. Charlamos durante mucho rato, hasta que decidimos seguir esa cita camuflada en un lugar más tranquilo, ajeno al resto.
Mi proposición de ver el fin de la tarde desde el claro que tantas veces nos juntó en míticas fiestas al aire libre, establecido en la carretera entre Murcia y Alicante, dio en el clavo porque ella se emocionó, soltándose el pelo y comenzando a cantar sin música.

Paré a repostar en una gasolinera Repsol, antes de llegar al lugar mágico de nuestra juventud. Ella fue conmigo al local donde se pagaba, dado que pensó que sería buena idea comprar algo de bebida y comida. Antes de salir, nuestra vista se detuvo en un tubo giratorio de esos en los que antiguamente se vendían las cintas de casete de los artistas más estrambóticos y raros de la historia, que nunca serían encontrados en las tiendas normales de la gran ciudad. La cabeza nos llevó hasta la fiesta de graduación, muchos años atrás, cuando el momento álgido nos llevó a todos a bailar agarrados por los hombros mientras sonaban dos canciones ruborizantes, pero espléndidas para el momento, de Los Chunguitos. A Lucía se le ocurrió la idea de rememorar esa fiesta, con baile incluido, por lo que antes de acudir al claro de nuestra adolescencia, nos pusimos manos a la obra para encontrar esa música, que solo podríamos encontrar en una gasolinera.

La tarde fue absorbida por la noche, que se cubrió con el manto frío de la madrugada, pero ninguna quiso que encontrásemos nuestro premio, a pesar de recorrer muchos kilómetros de carretera, donde aproximadamente doce gasolineras recibieron nuestra extraña visita. Lo más cerca que estuvimos de lograrlo fue en la estación que había en una salida hacia Cartagena: un CD del trío de hermanos gitanos era similar a lo que queríamos, pero no era la cinta que tornaría nuestro recuerdo en una bella realidad.
Con la llegada del amanecer desistimos en nuestra búsqueda, con cierta sensación de alegría y tristeza, porque lo habíamos pasado bien, con cierta aventura, pero no habíamos aprovechado el momento con algo más de aquellos sueños románticos de mi juventud. Pero mejor esto a la nada que tenía un día antes.

Decidimos acabar nuestra reunión acudiendo al claro de nuestra adolescencia, pero la señal de la gasolina de mi coche nos obligó a buscar una última gasolinera, para no acabar esta cita extraña esperando a una grúa junto a una cuneta de la autopista. Nuestros teléfonos estaban casi sin batería, por lo que no pudimos acceder a nuestros mapas interactivos, así que nos vimos obligados a buscar a ciegas un lugar donde repostar.

Finalmente encontramos una gasolinera de Repsol, pero que mantenía su aspecto antiguo, además de al padre y al hijo que parecían resistirse a abandonar lo que parecía un tradicional negocio familiar. Lucía se quedó en el coche, adormilada, mientras yo acudía al cuarto de baño, para después pagar la gasolina. Cuando me disponía a salir de la pequeña garita, me topé con un nostálgico tubo giratorio ensombreciendo una de las esquinas del lugar. Me acerqué, cansado, pero mi sangre comenzó a bombear rápidamente cuando comprobé que el artilugio estaba lleno de cintas de casete.
Salí corriendo hacia el coche, desperté a Lucía, para después acudir juntos, agarrados de la mano, hacia mi descubrimiento. Habría sido una suerte espectacular encontrar el álbum que queríamos, pero sí había otro que conocíamos de Los Chunguitos, que acompañamos de otro abrumador de Camela. El dueño de la gasolinera, sorprendido por nuestra compra, nos regaló dos cintas más a elegir. Afirmó que nunca quiso deshacerse del mueble porque le traía muchos recuerdos, algo sabía que sucedería con otras personas. Nosotros, ese día.
Muertos de risa, emocionados, acudimos al claro, donde nos dispusimos a brindar con café recién comprado por la victoria, mientras sonaba la música que nos había tenido toda la noche recorriendo las carreteras de la provincia, además de la mayor parte de las gasolineras Repsol de la misma.

Por supuesto, mi aparato de música no aceptaba casetes, ni poseía conmigo ningún aparato para ello. Con la emoción de la extraña misión que habíamos decidido abordar, olvidamos que no teníamos con qué escuchar las sonrojantes canciones rumberas. Rompimos a reír, a llorar, a abrazarnos, y a besarnos, como si fuese el primer beso de nuestra juventud, porque algo había encendido nuestras vidas en ese momento del presente. Gracias al pasado tendríamos una historia emocionante que contar con lágrimas en los ojos, en un futuro que ahora sí parecía ser muy prometedor.