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Energía para continuar el Camino

Fabio Marinho Calderano

Ya estaba llegando al final del día, cuando me paré en la estación de servicio de Repsol sin una gota de agua. Y sin cualquier vehículo también. Yo estaba muerto de cansancio, ya con 22 días en el Camino de Santiago. Había caminado 600 km desde Roncesvalles en la frontera con Francia. En aquella situación, la estación me parecía un oasis. Me detuve, dejé la mochila y fui en busca de agua. Después de apagar la sed y reponer la cantimplora, me senté en el piso, disfrutando de una sombra de la estación. Quería recuperar el aliento y sobre todo ánimo para continuar hasta el próximo albergue, completando 30 km de marcha sólo ese día.

El sol me había castigado. Yo estaba abatido, sentado en el suelo, empapado en sudor y sin afeitarme por semanas. Aún así, tres adolescentes que acababan de salir de la tienda de conveniencias, se acercaran a mí, con curiosidad:
– Estás haciendo el Camino de Santiago? – Me preguntó la que parecía la mayor.
– Sí. Hace 22 días.
– ¿Es difícil?
– Hoy está siendo el día más difícil. Demasiado calor, caminos sin árboles ni sombras.
– No eres español, ¿verdad? – Preguntó el muchacho, dándose cuenta de mi mala pronunciación.
– No, vine de Brasil.
– Wow! – Se sorprendió – Hás venido solamente para hacer el Camino?
– Sí, sólo para eso. – Dije, ya cuestionando mi decisión.
– Qué increíble, vivimos aquí y nunca lo hemos hecho. Una vergüenza. Ese es nuestro sueño.
– Pero todavía serán capazes de hacerlo muchas veces – lo consolé, considerando curiosa aquella autoexigencia con tan poca edad.
– Has necesitado entrenar mucho antes de empezar? – Me preguntó con interés.
Empecé a responder, cada vez con más entusiasmo, las diversas preguntas de los tres jóvenes, que parecían obstinados a realizar su sueño lo antes posible. Al final, me agradecieron mucho los consejos y la inspiración. Y me desearon un Buen Camino.

Me levanté sonriendo y, con renovada energía, seguí el Camino como si acabara de despertar.