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Amigas

Raquel Corrales Ucar

Mónica y Raquel volvían en coche del trabajo. Conducía Raquel mientras Mónica increpaba sobre su vida sentimental.
– No es justo nena, ¿por qué las cosas no me pueden ir como al resto de vosotras? Tengo ya treinta y cinco años y no encuentro una estabilidad emocional pura, en armonía, feliz al fin y al cabo. No es justo Raquela, no es justo.
– No te obsesiones Moni, ya encontrarás a alguien, si te ofuscas en ello será peor. Hazme caso.
Mientras le decía esto, Raquel tomó la vía de servicio para parar en una estación de Repsol.
– Claro, para ti es muy fácil decirlo. Tú lo tienes todo… – No le dio tiempo a terminar porque Raquel ya había estacionado y se estaba bajando del coche.
Mónica miró hacía otro lado apenada y se fijó en el chico que cobraba tras el mostrador. Raquel vio aquella escena por el espejo delantero. Entonces Mónica derramó una lágrima. Una lágrima que expresaba su malestar, su deseo de que todo fuera diferente, su deseo de ser feliz.
Raquel entró, pagó y salió del establecimiento con el ticket en la mano, cuando se metió de nuevo en el coche le extendió el ticket a su amiga:
– Venga sosa, anímate… y por cierto esta semana te toca pagar la gasolina.
Mónica cogió el ticket con desgana y al ir a mirar el importe vio lo que su amiga acababa de hacer por ella. Allí estaba escrito el teléfono del empleado. Sonrió, primero a Raquel y después al chico que las observaba detrás de la caja.
Continuaron su camino con otro rostro bien distinto.

A veces, es necesario parar para poder continuar.